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Iglesia en la Argentina

Comienzo del Ministerio Episcopal de
Mons. Olivera en Cruz del Eje

Por la tarde del domingo 7 de septiembre, Mons. Carlos Ñañez, Arzobispo Metropolitano de la Arquidiócesis de Córdoba, puso en ejercicio de su ministerio episcopal a Mons. Santiago Olivera, quien asumió como tercer Obispo de la Diócesis de Cruz del Eje, sucediendo a Mons. Omar Félix Colomé, actualmente Obispo Emérito.

Mons. Colomé condujo pastoralmente dicha Diócesis durante casi 24 años (1984 y 2008). El primer Obispo fue Mons. Enrique Pechuán Marín, quien asumió el gobierno pastoral de Cruz del Eje en 1964 y falleció el 16 de diciembre de 1983. Entre los primeros signos, Mons. Olivera colocó una ofrenda floral sobre su tumba, ubicada frente al altar.

Momentos previos, una multitud vivó con inmensa alegría al flamante Obispo al arribar al atrio de la Iglesia Catedral Nuestra Señora del Valle. Muchos de ellos eran sacerdotes y laicos llegados desde Morón, a quienes la distancia no les impidió acercarse hasta esta tierra cordobesa para manifestarle al P. Santiago su cariño y amistad, demostrando a la grey de Cruz del Eje el don que él ha sido para ellos.

Acompañaron a Mons. Olivera autoridades civiles de la región, entre ellos: el Intendente de Cruz del Eje, Dr. Mario Blanco; el Intendente de la localidad de Los Cocos, Javier Resille Reyes; el Coordinador de Gobierno de Villa Dolores, Eduardo Olmedo; el Ministro de Justicia de Córdoba, Dr. Luis Angulo; y los siguientes Obispos:

Mons. Carlos Ñañez, Arzobispo Metropolitano de la Arquidiócesis de Córdoba; Mons. José Ángel Rovai, Obispo de Villa María; Mons. Carlos Tissera, Obispo de San Francisco; Mons. Eduardo Martín, de Río Cuarto; Mons. Aurelio José Kühn, Obispo de Prelatura de Dean Funes; Mons. Omar Félix Colomé, Obispo Emérito de Cruz del Eje; Mons. Luis Guillermo Eichhorn, Obispo de Morón; Mons. Justo Oscar Laguna, Obispo Emérito de Morón; Mons. Roberto Rodríguez, Obispo de La Rioja; Mons. Hugo Manuel Salaberry, Obispo de Azul; Mons. Emilio Bianchi Di Cárcano, Obispo Emérito de Azul; Mons. Abdo Arbach, Obispo del Exarcado Apostólico Greco-Melkita Católico.

Luego de que el Canciller del Obispado de Morón, Diácono Espinós, proclamara el Evangelio, Mons. Olivera brindó su primer mensaje a Cruz del Eje. El mismo se transcribe a continuación:

 

“Nos amó hasta el extremo”

“Hijo de hombre, te he puesto como atalaya en la casa de Israel. Fijémonos como el Señor compara a sus predicadores con un atalaya. El atalaya está siempre en un lugar alto para ver desde lejos todo lo que se acerca; y todo aquel que es puesto como atalaya del pueblo de Dios debe, por su conducta, estar siempre en alto, a fin de preverlo todo y ayudar así a los que tiene bajo su custodia.

Estas palabras que os dirijo resultan muy duras para mi, ya que con ellas me ataco a mi mismo, puesto que ni mis palabras, ni mi conducta están a la altura de mi misión”.

Esta es una parte de las Homilías sobre el Profeta Ezequiel del Papa San Gregorio Magno. Me conmueve leer esta explicación de San Gregorio, porque el Papa nos comparte el corazón, comparte seguramente lo que ha rezado y sentido frente a la misión que se le confiaba. Cuánto más que el Papa Gregorio me siento yo, pobre y consciente de mis límites.

El profeta es centinela y pastor. Busca el bien y debe comprometerse en esa búsqueda. Anuncia y denuncia. Va tras los hombres para volverlos a Dios. El llamado a predicar nos enfrenta a una tremenda responsabilidad, exige de parte del predicador coherencia y valentía, no se pude callar por complicidad, comodidad o cobardía.

Me siento y me sé pobre y limitado, pero a la vez, tengo gozo, esperanza y me siento con fuerzas para cumplir aquello que el Señor y la Iglesia me confían. Quiero entregar mi vida para que la Palabra de Dios sea difundida y glorificada, y se anuncie y establezca el reino de Dios entre nosotros .

Es el obispo en primer lugar, nos lo recuerda el Concilio Vaticano II, quien debe ser el Heraldo de la fe que lleve nuevos discípulos a Cristo.

Me llena de alegría que hoy todos juntos, y en especial la Iglesia que peregrina en Cruz del Eje, podamos cantar con júbilo al Señor y aclamar a la Roca que nos salva. “Llegamos hasta Él” , (decimos en el Salmo), para dar gracias, venimos para adorarlo. Doblamos nuestra rodilla ante el Señor que nos creó, porque Él es nuestro Dios, y nosotros el pueblo que Él apacienta, las ovejas conducidas por su mano”.

El Apóstol Pablo, modelo para todos, nos recuerda y me gustaría que hoy nos vuelva a resonar con fuerza a cada uno, que el Amor es la plenitud de la Ley . Sin la caridad la ley es formalismo e hipocresía.

Cuánta paz al corazón nos da saber que Dios que es Amor, nos Ama. Que Dios nos manifestó su amor enviando a su único Hijo para salvarnos, y este Hijo nos ha “Amado hasta el extremo” . Estamos llamados a vivir del amor y a ser testigos del amor. Amor que es paciente, servicial, que no procede con bajeza, que no busca su propio interés, que no tiene en cuenta el mal recibido, amor que todo lo disculpa, que todo lo cree, que todo lo espera, y todo lo soporta.

Que la única deuda con los demás sea el amor mutuo. Veo como providencial estos textos que hoy la liturgia nos presenta y nos ofrece como alimento.

El Amor es la clave. El amor que mira al otro con misericordia, el amor que se hace ofrenda, el amor que busca el bien, y desde ese punto de partida corrige cuando ve al hermano equivocado o por caminos que no son los del Evangelio .

Con la certeza de que el Señor está presente porque estamos reunidos en su nombre, pidamos al Señor que siga haciendo de nuestra Iglesia diocesana, una comunidad fraterna que desea profundizar en su fidelidad al Evangelio, y que desde ese amor a Jesucristo, nuestro Señor y nuestro amigo, nos sintamos siempre en casa. Cristo está siempre presente en su Iglesia. Esta presencia debe transparentarse en nuestras celebraciones y en nuestras comunidades.

Desde que el Señor Nuncio Apostólico me comunicó que el Santo Padre me nombró Obispo de Cruz del Eje y que dicho nombramiento sería publicado en el día de San Juan Bautista, sentí muy fuertemente que debía como Él anunciar a Jesús, presentar a Jesús, llevar a Jesús, disminuir yo para que sea Jesús manifestado, amado y seguido. Que Él sea proclamado y celebrado, porque Jesús es el Señor. Él es nuestra Paz, es nuestro camino, Él es la Verdad y la Vida.

Pensaba en estos días que vengo a esta tierra a compartir con ustedes la fe, me uno y quiero hacer mío lo que los Obispos han dicho en Aparecida:

“Como sucesor de los Apóstoles, junto con el Sumo Pontífice y bajo su autoridad, con fe y esperanza he aceptado la vocación de servir al Pueblo de Dios, conforme al corazón de Cristo Buen Pastor. Junto con todos los fieles y en virtud de bautismo, soy ante todo discípulo y miembro del Pueblo de Dios. Como todos los bautizados y junto con ellos, quiero seguir a Jesús, Maestro de vida y de verdad, en la comunión de la Iglesia. Como Pastor, servidor del Evangelio, soy consciente de ser llamado a vivir el amor a Jesucristo y a la Iglesia en la intimidad de la oración, y de la donación de mi mismo a los hermanos y hermanas, a quienes presido en la caridad. Como dice San Agustín: con ustedes soy cristiano para ustedes soy obispo”.

Quiero que estos sentimientos me acompañen siempre y volveré a estas palabras más de una vez, renovando mi deseo de hacer vida lo que fui rezando y hoy les comparto. Con ustedes soy cristiano, con ustedes quiero crecer en el seguimiento de Jesús. Soy discípulo. Ayúdenme con su oración, consejo, amistad y afecto a responder a esta vocación a la santidad. Santidad, por otra parte, a la que todos estamos llamados. El Señor me ha convocado para promover por todos los medios la caridad y la santidad de los fieles. Ya nos lo decía Juan Pablo II en su carta al Comienzo del Nuevo Milenio, que la perspectiva en la que debe situarse el camino pastoral, es la de la santidad. La santidad es más que nunca una urgencia pastoral. En todo plan pastoral debe estar clara la búsqueda y reconocimiento de la primacía de la gracia. El Bautismo es la verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, por lo tanto sería un contrasentido contentarnos con una vida mediocre y una religiosidad superficial. Aquí sé que, gracias a Dios, hay ejemplos de una profunda religiosidad. Gracias a Dios, tenemos en nuestra Diócesis, ejemplos de hombres y mujeres de Dios, que viven y ha vivido profundamente su fe, entre ellos tenemos a Fray José León Torres , fundador de la Hermanas Mercedarias del Niño Jesús, y a José Gabriel del Rosario Brochero , amigos que nos ayudan a responder fielmente a este llamado.

En ustedes queridos laicos, pueblo de Dios, recae el peso y el honor de difundir el mensaje cristiano, con el ejemplo y la palabra, en los distintos ámbitos en el que se desarrollan sus vidas, la familia, el trabajo, las amistades, la cultura, la vida social y política.

Como animador de la comunión quiero responder a mi misión de acoger, discernir y animar carismas, ministerios y servicios. Quiero ser para todo el pueblo de Dios, padre, amigo y hermano, pero siempre padre. Pido a Dios que mi presencia de Padre me ayude a ahondar en la fraternidad de todos.

A los sacerdotes hago mío y les expreso como indica la exhortación Apostólica Pastores Gregis, que intentaré comportarme siempre con ustedes como Padre y hermano que los quiere, escucha, acoge, corrige, conforta, pide su colaboración y hace todo lo posible por su bienestar humano, espiritual y ministerial. Deseo tener para con ustedes un afecto especial, un acompañamiento paternal y fraterno en todas las etapas de su vida ministerial, ayudándoles a ser y actuar como sacerdotes al estilo de Jesús.

Ninguno nos hemos elegido formalmente al otro, ni el obispo a los sacerdotes, a los religiosos o religiosas, a los laicos, ni los sacerdotes, religiosos o religiosas y laicos al obispo; sino que hemos sido entregados unos a otros por una realidad superior que nos excede, hemos sido dados por Dios el uno al otro, los unos a los otros. Dios nos ha hecho converger históricamente en una misión. Quiero manifestar en mi vida y ministerio la paternidad de Dios, la bondad, la solicitud la dulzura y la autoridad moral de Cristo, que ha venido para dar la vida y para hacer de todos los hombres una sola familia .

La autoridad que he recibido de Cristo será ofrecida en servicio.

Pido a Dios que pueda ser un hermano; aprendí a tener muchos desde mi realidad familiar, con todo lo que supone compartir alegrías y tristezas y celebrar la vida. Y quiero ser amigo. Jesús nos llamó amigos. Amigo habla de cercanías y afectos, por tanto, palabra que acerca y acorta distancias.

Quiero contarles a ustedes, amigos diocesanos, que en este tiempo ha resonado en mí con fuerza lo ya conocido, pero que siempre alegra escucharlo y resuena gozosamente en el alma: Jesús nos amó hasta el extremo. Jesús, el Dios con Nosotros, amó al mundo y se puso a su servicio.

“Que Dios amó al hombre desde la eternidad es una verdad tan clara y tan demostrada que solo pensar lo contrario es y sería el colmo de la locura, el último esfuerzo de la impiedad y el último grado de la ingratitud” (estas son palabras del Cura Brochero).

Quiero que este lema que he elegido sea, por una parte, predicación concreta del Amor del Señor, y por otra, deseo de entrega de mi propia vida con todo lo que supone y significa; mirar al mundo y a esta historia con amor, entregándome hasta el extremo, buscando discernir los signos de los tiempos y creciendo en la fidelidad al Evangelio, preocupándome de compartir en la caridad las angustias y las tristezas, las alegrías y las esperanzas de los hombres, para así mostrar el camino de la salvación.

Me gozo por la vida consagrada que hay en la Diócesis. Es una gracia para la Iglesia. Quiera Dios que todos podamos apreciar y valorar la fuerza del testimonio de cada uno y la riqueza que su oración y estilo de vida aportan a la Iglesia diocesana.

Quiero agradecer la presencia de todos, especialmente a las distintas comunidades de mi Diócesis de origen que han hecho junto a su Obispo varios kilómetros para acompañarme, y también a los que están presentes a pesar de la distancia. Agradezco a mi familia, a las autoridades civiles, a miembros de otras confesiones religiosas presente y especialmente a los obispos, valoro el esfuerzo que hicieron y me compromete más a tener siempre gestos concretos de fraternidad episcopal. A los sacerdotes amigos de Morón, gracias por el cariño, por el testimonio, por tantas cosas compartidas. Qué alegría ver sus rostros, sus esfuerzos, sus generosidades. ¿Con que pagaré al Señor todo el bien que me hace?

Doy gracias, y estoy seguro que también en nombre de mis diocesanos, a Monseñor Omar Félix Colomé, que como Pastor ha entregado su vida al servicio del Reino, siendo discípulo y misionero. Seguiremos aprovechando su rica experiencia apostólica que todavía puede dar muchos frutos para el bien de todos. Le agradezco muy especialmente su aceptación para colaborar en la animación espiritual en comunión y bajo la conducción del Rector y Párroco del Santuario Diocesano de Nuestra Señora del Tránsito, en Villa Cura Brochero. Usted sabe Monseñor, que mantiene con esta, su Diócesis, profundos vínculos y está unida a ella por su caridad y oración.

Señor, quiero darte gracias porque tu Providencia me ha enviado a la tierra del olivo, aquí se junta mi historia personal y familiar para continuarla en el Noroeste Cordobés. Ya quiero esta tierra, su gente y su historia. Tengo el corazón donde tengo los pies. Desde la fe, te descubro en el signo del olivo, Cristo, nuestra Paz. En el Camino a Jerusalén, el pueblo te recibía y aclamaba con palmas y ramos de olivo; rezaste y renovaste tu entrega salvadora en el huerto de los olivos; tú sabías que el camino de la Cruz era un camino que culminaba con el triunfo de la Resurrección, en la Pascua. Que el ramo de olivo sea signo de que queremos recibirte y estamos dispuestos a seguirte teniendo como eje de nuestra vida la Cruz. Allí estás vos. No es la Cruz la última palabra, de allí parte nuestra esperanza y alegría.

Querida Madre, Purísima Virgen María, Nuestra Señora del Carmen, la Diócesis ha sido a ti consagrada por el primer obispo pidiendo sobre todos tu maternal patrocinio; él decía:

“Venimos a ti, fervientes y generosos para poner en tus manos el gobierno de la Diócesis. Para entregar a tu amor de Madre nuestros sacerdotes, nuestros religiosos y religiosas, nuestros seminaristas, nuestros niños, nuestros enfermos, nuestros pobres, nuestros obreros, nuestros profesionales, empresarios e industriales, para consagrarte la vida de tus hijos, que hoy quieren proclamar tu patrocinio con todo el amor filial que hay en sus corazones”. Me sumo a esta consagración, y en ella a todos los diocesanos que en estos años se han incorporado a la vida de esta Iglesia particular. Nos unimos a esta rica historia diocesana de búsquedas y vidas ofrecidas. Acompáñanos y ayúdanos para hacer siempre lo que Jesús nos diga.

También nos encomendamos a San José, tu Esposo, hombre del silencio y del sí siempre fiel, que él nos proteja y acompañe en el trabajo cotidiano y que todas nuestras acciones puedan servir para la Gloria del Padre.

Por último, no quiero dejar de compartir con ustedes el gozo de saber que continúo aquí mi Misión, porque el Señor así lo ha querido. Decía el día de mi ordenación episcopal: “Me da pena dejar tantos rostros queridos en Morón, pero que no olvidaré y seguramente nos seguiremos viendo; pero me ilusiona saber que habrá más rostros que querré en la querida tierra cordobesa” ; quiero ya agradecer la acogida cordial que he encontrado en esta Iglesia de Cruz del Eje, de modo muy especial a los que han trabajado para que esta celebración sea una fiesta de fe y renovación espiritual, al Obispo Emérito, al Vicario General, Mons. Vicente Zappia, a los sacerdotes, al personal de la Curia, y a todos los que han colaborado. Toda palabra queda pobre y chica frente a tanto para darles gracias.

Y permítanme, para finalizar, que les pida un favor especial. Hemos escuchado recién en el Evangelio: “También les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá” . Pidamos al Señor, y en su Nombre, si es para Gloria de Dios y bien de nuestro pueblo que pronto pueda ser beatificado El Cura Brochero.

Señor, de quien procede todo don perfecto: Tú dispusiste que José Gabriel del Rosario fuese Pastor y guía de una porción de tu Iglesia, lo esclareciste por su celo misionero, su predicación evangélica, y una vida pobre y entregada: te suplicamos que completes tu obra, glorificando a tu Siervo con la corona de los Santos.

Dios nos bendiga a todos.

 

Quienes deseen revivir la Consagración Episcopal de Mons. Santiago Olivera, pueden ingresar en el siguiente link:

http://www.seguimoscaminando.org.ar/Ediciones/edicion47/Edicion47.htm


Pbro. Martín Ernesto Bernal Alonso
Delegado del Obispo para la Pastoral de Comunicación Social

OFICINA DE PRENSA DEL OBISPADO DE MORÓN
Sr. Fabián Parodi.
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