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Pastoral Bíblica

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Adviento de la mano de San Lucas

 

 

Finalizamos con este envío, el recorrido por los textos de San Lucas que la liturgia nos propuso para este tiempo de Adviento, y que hemos realizado a través de las charlas de formación bíblica brindadas por el P. Gabriel M. Nápole, OP..

El Equipo de Pastoral Bíblica quiso compartir este material, para ayudarnos a reflexionar y meditar sobre la la esperanza cristiana”.

En el Cuarto Domingo de Adviento (20 de diciembre), la Esperanza nos convoca a ser portadores con María de la visita de Dios a su pueblo.


CUARTO DOMINGO DE ADVIENTO

Lc. 1,39-45

39  En aquellos días, María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá 40 Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. 41 Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, 42 exclamó: «¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! 43 ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? 44 Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. 45 Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor».

 

1. INTRODUCCIÓN Y ESTRUCTURA

 

El texto que se nos ofrece es el tercer episodio de la narración de Lucas sobre la infancia de Jesús. Los otros dos son: el anuncio del nacimiento de Juan (Lc. 1,5-25) y el anuncio del nacimiento de Jesús (Lc. 1,26-38). El relato de la visita de María a Isabel presupone los dos anuncios anteriores y, al mismo tiempo, los completa. De hecho, espiga ciertos elementos de uno y otro relato, y los combina unitariamente, anudando las correspondencias mutuas, sobre todo entre los vv. 24-25 y 36-37.

Concretamente, el episodio completo que merece nuestra atención es Lc. 1,39-56. Todo el pasaje es un estallido de alabanzas: Isabel alaba a María y María proclama la grandeza de Dios. Esta narración consta de dos partes fundamentales y una conclusión:

 

       vv. 39-45  Encuentro de María con Isabel, en el que la anciana reconoce a María como                                    “la madre de mi Señor”.

       vv. 46-55  Reacción de María ante la alabanza de Isabel y ante la maravillosa actuación de Dios en ella.

       v. 56          Conclusión con un estilo semejante a la de los vv. 23 y 38.



2. Encuentro y felicitación
(vv. 39-45).

 

María emprende un apresurado viaje a casa de unos familiares suyos, que viven en una ciudad de la montaña de Judea. María ya sabe que Isabel está en avanzado período de gestación, porque el mensajero celeste acaba de comunicárselo (Lc. 1,36-37), y por eso va a visitarla. Así termina el aislamiento en el que Isabel se ha sumido (cf. Lc 1,24).


Al saludarse las dos mujeres, la anciana nota un movimiento en su seno; el niño empieza a dar unos saltos que ya son prefigurativos. Más adelante, en el v. 44 se dirá que la criatura saltó “de alegría” en el vientre de Isabel. Según la presentación de Lucas, lo que provoca esos movimientos del niño es la pronunciación misma del saludo. Hay que recordar que el mensajero celeste había saludado a María con la expresión: “¡Alégrate!” (Lc. 1,14) y que
la misma María expresará en su canto que su “espíritu se alegra” (Lc. 1,47). Por lo tanto, es claro que esa atmósfera de alegría y de júbilo rodea toda la narración de Lucas, como el mejor presagio de la nueva era mesiánica que empieza a despuntar.


En el preciso momento del saludo, Isabel, llena del Espíritu Santo, queda capacitada para comprender la señal que brota de su propio seno y reconoce no sólo que María lleva en su propio seno al “Señor”, sino también la presencia de aquella que es “la madre de mi Señor”.

Por tanto, una señal divina es la que revela a ambas madres la maternidad de la otra. Y Juan, ya desde el mismo seno materno, “va por delante del Señor” (cf. Lc 1,17), como precursor de Jesús. Según Lucas, hasta en el vientre de su madre, Juan es consciente de su relación con Jesús. Hay que notar que en el episodio no se menciona el carácter “mesiánico” de Jesús, sino su título de “Señor”. Así es, de hecho, como Isabel saluda a María: “la madre de mi Señor” (Lc. 1,43). Y arropando el saludo, una bendición y una bienaventuranza. María es “bendita” entre las mujeres, porque es “bendito” el fruto de su vientre; y es “dichosa” porque “ha creído”; por su fe. Dos aspectos de la personalidad de María en los que se centra la alabanza: ser madre del Kyrios y ser la gran creyente.


El v. 42 señala que Isabel “exclamó a voz en grito”. Con esta expresión, deliberadamente exagerada, Lucas pretende subrayar la trascendencia del acontecimiento. El contraste con la situación de Ana en I Sam. 1,12-13 es tremendamente significativo. En efecto, Ana reza y reza al Señor, mientras Elí observa sus labios: “y como Ana hablaba para sí y no se oía su voz, aunque movía los labios, Elí la creyó borracha”.

Cuando Isabel, llena del Espíritu Santo, prorrumpe en una alabanza a María, su primer grito es una “bendición” (v. 42), que recuerda las palabras de Débora, la profetisa, al cantar la gesta de Yael: “¡Bendita entre las mujeres Yael!” (Jue. 5,24), o la bendición con la que Ozías, uno de los jefes de la ciudad de Betulia, aclama el triunfo de Judit: “Que el Altísimo te bendiga, hija, más que a todas las mujeres de la tierra” (Jdt. 13,18). La razón por la que Isabel proclama a María como “bendita” se expresa por medio de una construcción coordinada: “y bendito el fruto de tu vientre”, es decir, porque María lleva en su seno al Kyrios. En Gn. 30,2 Jacob, ante el pedido de Raquel para que le de hijos, responde: “¿Estoy acaso en el lugar de Dios que te ha negado el fruto del vientre?”. Ese es el favor de Dios sobre María y, por tanto, el motivo de esta felicitación.


Por su parte, el v. 45, con su explícita bienaventuranza -“¡Dichosa la que ha creído!”- sirve ya de preparación para ese momento del ministerio público, en el que Jesús va a escuchar de labios de una mujer del pueblo una alabanza maravillosa dedicada a su madre: “¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron!” (Lc. 11,27). En Lc. 1,45 se hace mención expresa de la fe de María: “la que ha creído”; y en Lc. 11,28, la respuesta de Jesús es otra bienaventuranza -“¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica!”-, que da su verdadero relieve a la grandeza de su madre (cf. Lc. 8,21).


Los saltos del niño en el interior de Isabel tienen también su precedente figurativo en un pasaje del Antiguo Testamento (Gn. 25,22-24). Una estéril, Rebeca, lleva en su vientre una pareja de gemelos que saltan y se agitan en sus entrañas, prefigurando ya las rivalidades futuras entre los dos hermanos -Esaú y Jacob- y entre los dos pueblos que van a constituir su descendencia.


Pero lo más relevante de esta primera escena es, por una parte, el reconocimiento de Jesús como Kyrios, y por otra, la proclamación de María como “la madre del Señor”, como “la que ha creído”, como el modelo de fe. Desde el mismo comienzo de su narración, Lucas funde dos temas capitales en la figura de María; la humilde “esclava del Señor” (Lc. 1,38) es “la que ha creído” (Lc. 1,45), es decir, la que realiza en toda su plenitud el “ser discípula” (cf. Lc. 8,19-21; Hch. 1,14).


Cuando Lucas habla de María, piensa en las comunidades de su tiempo (finales del siglo I d. C.) que vivían esparcidas por las ciudades del imperio romano. María es para él, el modelo de la comunidad fiel. Describiendo la visita de María a Isabel, ofrece una enseñanza importante a esas comunidades: María, la madre del Señor, fue portadora de la visita de Dios a su pueblo y esa visita se ha convertido en servicio. En la visita y el encuentro dos mujeres -una de las cosas más comunes de la vida humana- se manifiesta
la Buena Noticia de parte de Dios. Visita, alegría, embarazo, niño, ayuda mutua, casa, familia son términos que configuran una “escenografía” de las comunidades dentro de la cual se manifiesta y percibe a “mi Señor”.


El segundo libro de Samuel cuenta la historia del Arca de
la Alianza. David quiso colocarla en su casa, pero le dio miedo y dijo: “¿Cómo voy a llevar a mi casa el Arca de YHWH?” (II Sam. 6,9). David mandó que el Arca quedara en la casa de Obededón: “El Arca de YHWH quedó tres meses en la casa de Obededón y YHWH bendijo a Obededón y a toda su familia” (II Sam. 6,11). María, embarazada de Jesús, es como el Arca de la Alianza, que en el Antiguo Testamento visitaba las casas de las familias trayendo beneficios. Ella va a la casa de Isabel y se queda allí tres meses. Y mientras está en la casa de Isabel, ella y toda su familia son bendecidos por Dios.


Una vez más, María es el modelo para los cristianos y sus comunidades: Sin cerrarse sobre sí mismas y visitando las casas de las personas, se convierten en portadores de la bendición divina, que es siempre vida y esperanza en medio de las dificultades y penurias.

 

Fr. Gabriel M. Nápole, OP

Delegación para la Comunicación Social de la Diócesis de Morón

 

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