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Pastoral
Bíblica

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Adviento de la mano de
San Lucas

Adviento es tiempo de espera y
de preparación. María esperó el nacimiento de su Hijo, el Hijo de Dios, el
Salvador. Dios esperó el encuentro pleno con la humanidad, su creación, a
través de Jesús, su hijo enviado.
Es un tiempo en el que nos
preparamos espiritualmente para rememorar y celebrar la llegada del niño
Jesús. Un tiempo reservado para parar, reflexionar y meditar, y el Equipo de Pastoral Bíblica nos ayuda a
prepararnos por medio de las charlas de formación bíblica, que brindó el P.
Gabriel M. Nápole, OP.
A continuación, el segundo
envío sobre “la esperanza cristiana”, que corresponde al segundo y
tercer Domingo de Adviento, 6 y 13 de diciembre.
En el segundo Domingo, la
Esperanza se renueva porque Dios invita a “toda carne”, es decir a todos los
hombres y mujeres, a empezar de nuevo. Nadie está excluido de la salvación
de Dios.
Y, en el tercer Domingo, la
práctica solidaria abre los caminos, los senderos para la venida del Señor.
SEGUNDO Y TERCER DOMINGO DE
ADVIENTO
Lc.
3,1-18
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1 El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio,
cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea,
su hermano Felipe tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene,
2 bajo el pontificado de Anás y Caifás, Dios dirigió su palabra a
Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto. 3 Este comenzó
entonces a recorrer toda la región del río Jordán, anunciando un bautismo de
conversión para el perdón de los pecados, 4 como está escrito en
el libro del profeta Isaías: "Una voz grita en desierto: Preparen el
camino del Señor, allanen sus senderos.
5 Los valles serán rellenados, las montañas y
las colinas serán aplanadas. Serán enderezados los senderos sinuosos y
nivelados los caminos desparejos. 6 Entonces, todos los hombres
verán la Salvación de Dios."
7
Juan decía a la multitud que venía a hacerse bautizar por él: «Raza de
víboras, ¿quién les enseñó a escapar de la ira de Dios que se acerca? 8
Produzcan los frutos de una sincera conversión, y no piensen: «Tenemos por
padre a Abraham». Porque yo les digo que de estas piedras Dios puede hacer
surgir hijo de Abraham. 9 El hacha ya está puesta a la raíz de los
árboles; el árbol que no produce buen fruto será cortado y arrojado al
fuego». 10 La gente le preguntaba: «¿Qué debemos hacer entonces?».
11 El les respondía: «El que tenga dos túnicas, dé una al que no
tiene; y el que tenga qué comer, haga otro tanto». 12 Algunos publicanos
vinieron también a hacer bautizar y le preguntaron: «Maestro, ¿qué debemos
hacer?». 13 El les respondió: «No exijan más de lo estipulado». 14
A su vez, unos soldados le preguntaron: «Y nosotros, ¿qué debemos hacer?».
Juan les respondió: «No extorsionen a nadie, no hagan falsas denuncias y
conténtense con su sueldo». 15 Como el pueblo estaba a la
expectativa y todos se preguntaban si Juan no sería el Mesías, 16
él tomó la palabra y les dijo: «Yo los bautizo con agua, pero viene uno que
es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de desatar la correa de
sus sandalias; él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego. 17
Tiene en su mano la horquilla para limpiar su era y recoger el trigo en su
granero. Pero consumirá la paja en el fuego inextinguible» 18 Y
por medio de muchas otras exhortaciones, anunciaba al pueblo la Buena
Noticia.
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1. INTRODUCCIÓN Y ESTRUCTURA
El texto de Lc. 3,1-18 forma parte de un conjunto (Lc.
3,1-4,13) que se encuentra entre dos secciones muy importantes del Evangelio:
Los relatos sobre la infancia de Jesús (1,5-2,52), donde aparecen narrados en
paralelo los orígenes de Juan el Bautista y de Jesús, y la larga descripción
de la actividad de Jesús en Galilea (4,14-9,50). De tal suerte que, Lc.
3,1-20 funciona como una introducción, en la que se ofrece la presentación,
predicación y encarcelamiento de Juan Bautista, constituyendo el preludio de
los acontecimientos que dan inicio al ministerio público de Jesús.
La estructura de la perícopa es sencilla:
vv. 1-6 Presentación solemne de
Juan el Bautista.
vv. 7-18 Predicación de Juan.
vv. 19-20 Prisión de Juan.
Lucas concluye todo lo referente a la actividad de Juan antes de pasar a
Jesús. Ya no hará más que una breve alusión a su muerte en 9,7-9.
2. PRESENTACIÓN DE JUAN EL BAUTISTA (Lc. 3,1-6)
La relevancia del acontecimiento que va a narrar, hace que Lucas utilice una
solemne presentación con una datación “triple”. En primer lugar, da las
fechas romanas. Sitúa la actividad de Juan Bautista en el 15º año del
gobierno de Tiberio, emperador de Roma (3,1). Tiberio fue emperador del 14 al
37 d. C. En el año 63 a. C., el imperio romano había invadido Palestina,
imponiendo al pueblo una dura opresión. Los levantamientos populares se
sucedían unos a otros, sobre todo en Galilea, pero eran duramente reprimidos.
Del año 4 a. C. al 6 d. C., durante el gobierno de Arquelao, la violencia
explotó en Judea. En el año 6 Arquelao fue destituido y Judea fue
transformada en una provincia romana con procurador directamente nombrado por
el emperador de Roma. Pilato fue uno de estos procuradores. Gobernó desde el
año 26 al 36 d. C. Este cambio en el régimen político trajo una cierta calma,
pero los levantamientos esporádicos (cf. Mc. 15,7) y la inmediata represión
romana (Lc. 13,1), recordaba la gravedad de la situación. Sólo bastaba que alguien soplase en las brasas para que el
incendio de un levantamiento explotara.
A continuación se detallan los gobernantes nativos de las regiones donde tuvo
lugar la mayor parte de la actividad de Jesús. Lucas menciona a dos hijos de
Herodes el Grande: “Herodes Antipas” y “Filipo”. Luego menciona a “Lisanias,
tetrarca de Abilene”, para nombrar luego a “Anás” y “Caifás”, jefes de los
sacerdotes de Jerusalén. Los judíos piadosos contarían los años según los
reinados de dichos sumos sacerdotes.
De esta forma, Lucas ha proporcionado a sus lectores una datación de tres
categorías diferentes, como si quisiera que todos supieran bien cuándo
comenzaron estos grandes acontecimientos y la importancia de los mismos,
incluyendo la persona y la predicación de Juan.
Además, esta manera de introducir el mensaje de Juan es
similar al inicio de los libros de los antiguos profetas. Ellos indican quién
era el rey en la época en que el profeta ejerció su actividad. Por ejemplo,
el libro de Isaías (Is. 1,1), de Jeremías (Jer. 1,1-3), de Oseas (Os. 1,1) o
de Amós (Am. 1,1). Lucas hace lo mismo para decir que después de casi
quinientos años sin profetas, aparece nuevamente un profeta. Se llama Juan y
es “hijo de Zacarías”.
Luego cita el siguiente texto del libro de Isaías, para ayudar a los lectores
a entender mejor el significado de la predicación de Juan: “Voz que clama en
el desierto. Preparen el camino del Señor, enderecen sus sendas; todo
barranco será rellenado, todo monte y colina será rebajado, lo tortuoso se
hará recto y las asperezas serán caminos llanos. Y toda carne verá la
salvación de Dios.” (Is. 40,3-5). En este texto el profeta anunciaba el
regreso del pueblo del exilio y lo describía como un nuevo éxodo. Era como si
el pueblo, volviendo del cautiverio de Babilonia, saliera de Egipto y entrase
nuevamente en el desierto, hacia la tierra prometida. Para Lucas, con Jesús
se inicia un nuevo éxodo, preparado por el profeta Juan.
Los evangelios de Mateo (Mt. 3,3) y de Marcos
(Mc. 1,3) también citan la misma frase del libro de Isaías, pero sólo el
comienzo (Is. 40,3). Lucas la cita entera, hasta donde dice: “y toda carne
verá la salvación de Dios” (Is. 40,5). La expresión “toda carne” significa
“todo ser humano”. Esta pequeña diferencia muestra la preocupación de Lucas
en señalar a las comunidades, que la apertura a los paganos ya estaba
prevista por los profetas. Jesús vino no sólo para los judíos sino, para que
“toda carne” pudiera ver la salvación de Dios.
3. LA PREDICACIÓN DE JUAN (Lc. 3,7-18).
Predicando un bautismo de cambio y de perdón de los pecados, Juan atraía a la gente. Señal de que el pueblo quería cambiar y deseaba una nueva relación con Dios
(cf. Lc. 3,7-9). Juan denunciaba los errores y atacaba los privilegios. Decía
que el solo hecho de ser hijo de Abraham no daba ninguna garantía ni ventaja
delante de Dios: “Hasta de estas piedras Él puede suscitar hijos de Abraham”.
Lo que promueve a la persona delante de Dios no es el privilegio de ser hijo
de Abraham, sino la práctica que produce frutos buenos.
La gente lo comprendió bien y por eso aparecen tres categorías de personas que
vienen a preguntarle: “¿Qué debemos hacer?” (Lc. 3,10): el pueblo, los publicanos
y los soldados. Los vv. 10 al 14 son propios de Lucas, e insisten en el
elemento positivo y constructivo del mensaje de Juan.
La respuesta para el primer interlocutor (= el pueblo) es simple: “El que
tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene. El que tenga para
comer, que haga lo mismo” (Lc. 3,11). La respuesta es clara: compartir los
bienes es la condición para que la persona pueda recibir la visita de Dios y
pasar de lo antiguo a lo nuevo. La respuesta para los publicanos y los
soldados dice lo mismo, pero aplicado a su condición (cf. Lc. 3,12-14). Los publicanos
no pueden cobrar más de lo permitido. La explotación del pueblo por parte de
los publicanos era la llaga de la sociedad de aquella época. Los soldados no
pueden extorsionar ni hacer denuncias falsas, y debían conformarse con el
salario.
A continuación y para cerrar la presentación de la predicación de Juan, éste
aparece reconociendo a Jesús como más grande (cf. Lc. 3,15-17). La diferencia
entre él y Jesús está en el don del Espíritu que será dado a través de éste
último. En estos versículos, Lucas muestra cómo la idea que Juan se hacía del
Mesías no era completa. Para Juan el Mesías sería como un juez severo, pronto
para iniciar un juicio, la cosecha (Lc 3,17). Tal vez fue por eso que más
tarde tuvo problemas en reconocer a Jesús como Mesías (cf. Lc. 7,18-28), pues
Jesús no se comportó como un juez severo que condenaba. En lugar de juicio y
condenación, mostró ternura, acogió a los pecadores y comió con ellos.
Fr. Gabriel M. Nápole, OP
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