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Pastoral Bíblica

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Adviento de la mano de San Lucas

 


Adviento, que significa "venida", es un tiempo litúrgico durante el cual los católicos se preparan para la llegada del Señor al mundo. Comienza en el domingo más cercano a la Fiesta de San Andrés Apóstol (30 de noviembre) y abarca cuatro domingos. Este año, el primero será el 29 de noviembre.


El Equipo de Pastoral Bíblica nos ayuda a preparar nuestro corazón para recibir al Niño Dios, por medio de las charlas de formación bíblica que brindó el P. Gabriel M. Nápole, OP.

Serán tres envíos que compartiremos a lo largo de este tiempo de Adviento, que tratan sobre “la esperanza cristiana”.

 

A continuación, el correspondiente al primer Domingo. “La Esperanza tiene como objeto la venida del Señor y esa es nuestra liberación”.


PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO

Lc. 21,25-28.34-36

25 Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, los pueblos serán presa de la angustia ante el rugido del mar y la violencia de las olas.26 Los hombres desfallecerán de miedo por lo que sobrevendrá al mundo, porque los astros se conmoverán. 27 Entonces se verá al Hijo del hombre venir sobre una nube, lleno de poder y de gloria. 28 Cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación». 29 Y Jesús les hizo esta comparación: «Miren lo que sucede con la higuera o con cualquier otro árbol. 30 Cuando comienza a echar brotes, ustedes se dan cuenta de que se acerca el verano. 31 Así también, cuando vean que suceden todas estas cosas, sepan que el Reino de Dios está cerca. 32 Les aseguro que no pasará esta generación hasta que se cumpla todo esto. 33 El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. 34 Tengan cuidado de no dejarse aturdir por los excesos, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, para que ese día no caiga de improviso sobre ustedes 35 como una trampa, porque sobrevendrá a todos los hombres en toda la tierra. 36 Estén prevenidos y oren incesantemente, para quedar a salvo de todo lo que ha de ocurrir. Así podrán comparecer seguros ante del Hijo del hombre».


1. PRESENTACIÓN GENERAL DE Lc. 21,5-36.

 

Después de su enseñanza en el Templo (Lc. 19,45-21,4), Jesús pronuncia un largo discurso sobre el destino de éste, la ruina de Jerusalén y la consumación del mundo (Lc. 21,5-36). Hay diferentes hipótesis sobre el origen del discurso. Algunos sostienen que el pasaje es una síntesis de un discurso más largo pronunciado al final de su ministerio sobre la destrucción de Jerusalén y la suerte de la nación (véanse los paralelos en Mt. 24 y Mc. 13). Otros sostienen que es una compilación de dichos aislados de Jesús pronunciados en diferentes momentos y redactados como si se tratara de un largo discurso. Por último, otros piensan que el discurso era un escrito apocalíptico que circulaba en Palestina en el siglo I d. C. y fue recogido por la Iglesia, la cual lo re-presentó como si fueran las palabras reales pronunciadas por Jesús.

           
En cualquier caso, lo que puede observarse es que, en 17,22-35 Lucas ya refirió un discurso de Jesús sobre el “día del Hijo del Hombre”, sobre su carácter súbito e imprevisible, y sobre la evidencia universal de su manifestación. Mt. había insertado esta enseñanza en el discurso que precede al relato de la pasión (Mt. 24,26-28.37-40).


En Lc. los dos discursos escatológicos (17,22-35 y 21,5-36) se diferencian el uno del otro, sea por el lugar donde están situados, sea por el auditorio a quienes van dirigidos. El discurso del cap. 17 tiene lugar durante el camino que conduce de Galilea a Jerusalén y se dirige a sus discípulos; el del cap. 21 tiene a Jesús dentro del Templo de Jerusalén y se presenta como una enseñanza pública, destinada a todo el pueblo.


Estas dos características -el lugar y las personas- no sólo distinguen el discurso de Lc. 21 de aquel del cap. 17, sino también de las dos versiones paralelas de Mc. y Mt. En efecto, Mc. 13,3 y Mt. 24,3 indican que Jesús pronunció el discurso mientras estaba “sentado sobre el monte de los Olivos” y, en ambos casos, lo dirige a sus discípulos.

           
El centro de atención en Lc. 21 está en el Templo. A Lucas le pareció apropiado esperar hasta este momento para a ofrecer este tema, ya que el Templo está en Jerusalén. Según Lucas, la intención de Jesús no fue dar a conocer secretos apocalípticos a los discípulos, sino hacer que estuvieran preparados para lo que se avecinaba: la destrucción de Jerusalén. Dado este centro, el relato lucano forma una profecía continua de una sucesión de acontecimientos históricos: la persecución de la Iglesia (Lc. 21,12-19), que es seguida de la destrucción de Jerusalén llevada a cabo por los ejércitos gentiles (Lc. 21,20-24). El supuesto es que la ciudad será dominada por los gentiles hasta que el poder imperial pagano sea derrocado y se produzca la justificación final de los seguidores de Cristo. Los paganos serán agentes del juicio de Dios sobre Jerusalén antes que ellos mismos experimenten el castigo de Dios por su maldad. Esto está en conformidad con la concepción que al respecto tenían varios profetas de Israel.

           
Lo más llamativo es que Lucas, más claramente que Mt. y Mc., trata de distinguir el tiempo de la crisis, que tendría lugar en aquella generación (es decir, el rechazo final de Jesús, su crucifixión y muerte, la persecución de los discípulos y la destrucción de Jerusalén), de un indeterminado “tiempo de los gentiles”. Sólo al final de esta última época vendría el fin y la consumación de todas las cosas (Lc. 21,25-28).

 

La estructura general del capítulo 21 de Lucas es la siguiente:

 

            v.   5                Indicación del lugar.

            v.   6                La afirmación sobre el Templo.

            v.   7                Las preguntas: ¿Cuándo? y ¿Cuáles serán las señales?

            vv. 8-36           El discurso de Jesús:

           vv. 8-9             Exhortación introductoria.

           vv. 10-33         Cuerpo del discurso:

                                                           vv. 10              Conflictos entre naciones.

                                                           v.   11              Cataclismos.

                                   vv. 12-19         Persecución de los cristianos.

                                                           vv. 20-23a       Destrucción de Jerusalén.

                                                           vv. 23b-28       Consumación de todo.

                                                           vv. 29-33         Advertencia final.

           vv. 34-36         Exhortación final.

 

 

2. LA CONSUMACIÓN DE TODO (Lc. 21,25-28).

 

A partir de Lc. 21,25 el centro de atención del discurso pasa de la destrucción de Jerusalén a la llegada del Hijo del hombre. Se describe el escenario de los últimos días con imágenes y términos apocalípticos. Jesús afirma que habrá cambios repentinos y violentos en la creación, que conducirán al surgimiento de un nuevo orden. Los extraños acontecimientos hundirán a la humanidad en el pánico, el terror, la conmoción y el temor. La gente se dará cuenta de que están sucediendo cosas extrañas, pero no comprenderá realmente lo que ocurrirá pronto en la tierra y con la humanidad en general. En medio de la angustia aparecerá el Hijo del hombre en gloria. Su venida gloriosa se refiere al poder y la majestad regias del Hijo del hombre que viene. La orden “Cobren ánimo y levanten la cabeza, porque se acerca su liberación” (Lc. 21,28) es exclusiva de Lucas. Con ella se pretende evitar el pánico cuando se vea que tienen lugar esos signos extraños. Por el contrario, la gente deberá ver en ellos el preludio de la consumación del Reino de Dios proclamado por Jesús (cf. Lc. 21,31).

           
Estos versículos están estrechamente vinculados con el Antiguo Testamento y se encuentran relacionados con la tradición apocalíptica, en especial con Daniel. Parece indudable que Jesús habló de la llegada del Hijo del hombre con los términos de Dn. 7,13 y de la literatura apocalíptica de su tiempo, y que se consideró a sí mismo como ese Hijo del hombre. Con frecuencia la aparición de nubes indica la presencia divina (cf. Lc. 9,34), pero es posible que aquí se refiera a un medio de transporte celestial para el Hijo del hombre que viene. La parábola de la higuera (Lc. 21,29-33) subrayará la certeza de esa llegada.

 

3. EXHORTACIÓN A LA VIGILANCIA (Lc. 21,34-36).

 

De acuerdo con Lucas, Jesús no se refirió al fin de Jerusalén y el triunfo del pueblo de Dios para satisfacer la curiosidad de la gente sobre el plan de Dios para los siglos venideros. El propósito del discurso es exhortar a la conversión y a la vigilancia en orden a prepararse para la llegada del Hijo del hombre. Por consiguiente, todo seguidor de Jesús tiene que estar atento para que su corazón no se aparte del proyecto del Reino, incluso ante las persecuciones que puedan sufrir.

 

A diferencia de Mc., quien también insiste en la necesidad de vigilar para que “el dueño de casa no los encuentre dormidos” (13,36), Lc. también señala la necesidad de vigilar, pero no se detiene allí. En efecto, concluye con una sugestiva descripción del cristiano que, después de una oración constante, puede recibir al Hijo del Hombre y estar ante Él “de pie” (Lc. 21,36), con la cabeza levantada (cf. Lc. 21,28).

           
De esta manera, uniendo esta última referencia con la intencionada distinción que Lc. hace entre la destrucción de Jerusalén y el fin de la historia -indicando, por tanto, que hay un espacio para la libertad y la construcción-, es claro que el discurso apocalíptico de Jesús según Lucas, insiste en que “hay algo para hacer” y que la conducta del cristiano debe estar inspirada más en la esperanza que en el temor. Lucas alienta y estimula. Su exhortación está ligada, evidentemente, a una cristología, a una imagen de Jesús, considerado en su misión de Salvador. Con ello, el mismo Lucas nos conduce al comienzo de su obra y al punto kerigmático de la Navidad: “No teman, les anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: les ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor” (Lc. 2,10-11).

           
Por último, obsérvese que el discurso de Jesús está dirigido a un “ustedes”. Todo tiene una perspectiva comunitaria, sean los anuncios sobre la destrucción de Jerusalén y la venida del Hijo del Hombre, sea la exhortación a
la vigilancia. El primer domingo de Adviento es, entre otras cosas, una invitación a ampliar nuestra perspectiva religiosa: no sólo interesa “mi” salvación o “mi” futuro”; es la salvación y el futuro de la humanidad lo que está en juego. Cada postura personal, cada esfuerzo por un comportamiento según el Evangelio de Jesús no se reduce al individuo, sino que contribuye a la reconstrucción del conjunto de la creación y la historia. Así, también el objeto de nuestra esperanza se hace más completo y deja atrás las mezquinas esperanzas de una vida reducida a los márgenes de nuestra única realidad.

 

Fr. Gabriel M. Nápole, OP

 

OFICINA DE PRENSA DEL OBISPADO DE MORÓN

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