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- Cadena del Rosario Misionero

- Jaque a la Reyna – Obra de teatro a beneficio de Caritas
-
Recomendado - Sobre el Rosario, conferencia de Fray Timothy Radcliffe



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Delegación para la Animación Misionera

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¡En el mes de las Misiones... recemos por las misiones, por los misioneros argentinos

y por nuestra Patria!
 

1º al 31 de octubre en todo el País
16 de octubre en la Diócesis de Morón

¿Qué hacer para participar?

1. Unirte a tu Diócesis en el día y horario que ya tiene asignado para participar de la cadena de rosarios misioneros o cuando vos puedas hacerlo. La Diócesis de Morón tiene asignado el día 16 de octubre.

2. Avisar por e-mail a Graciela Arredondo: gradekairos@gmail.com o bien por teléfono al 4624-3571 / 15-5772-7649, el nombre, apellido y la hora en la que se comprometen a rezar el rosario misionero (teniendo en cuenta que se rezará las 24 horas del día, y la duración de cada rosario es de 30 minutos) para lograr completar la cadena.

3. Enviar un e-mail contándonos la experiencia que viviste participando de la cadena de rosarios misioneros.

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"Entre las formas de participación, el primer lugar corresponde a la cooperación espiritual: oración, sacrificios, testimonio de vida cristiana. La oración debe acompañar el camino de los misioneros para que el anuncio de la Palabra resulte eficaz por medio de la gracia divina" (Rmi, 78).

Seamos misioneros con nuestra Oración

Recemos durante todo el mes de octubre, por cada uno de los misioneros que anuncian el Evangelio en distintas partes del mundo, por las necesidades de nuestras familias y por nuestra patria.

Paulina Jaricot, en el año 1822 cuando funda la Obra de la Propagación de la Fe, impulsada por la certeza de que la oración hace fecunda la actividad misionera, crea una "cadena de corazones comprometidos en aportar ayudas espirituales a toda la Iglesia" llamándolo Rosario Viviente.

“Me pareció que había llegado la hora de realizar el proyecto de una asociación accesible a todos, que permitiera alcanzar la unión de la oración con un modo único, breve y práctico, sin cansar a nadie y que pudiera facilitar, al menos durante algunos minutos, la meditación cotidiana de los misterios de la vida y de la muerte” (Paulina Jaricot).

 

Los Misioneros anuncian el Evangelio en un mundo con estas estadísticas

En los países en desarrollo viven 1300 millones de personas por debajo de la línea de pobreza, más de 100 millones de personas viven en estas condiciones en los países industrializados, y 120 millones en Europa Oriental y Asia Central.

 

¿Quiénes pueden participar de la cadena de rosarios misioneros?

Todos los que deseen hacerlo, de manera personal o en familia, en las Parroquias, Capillas, colegios, grupos o movimientos eclesiales.

 

 

 

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Parroquia San Francisco de Paula

Haití 520, Ituzaingó

Jaque a la Reyna

Obra de teatro a beneficio de Caritas

Montada por el Estudio de Teatro "Estrellas", tendrá lugar el sábado 23 de octubre a las 20.30 hs., en la Parroquia San Francisco de Paula, Haití 520, Ituzaingó. El valor de la entrada es de $ 12,-


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Octubre, Mes del Rosario

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Sobre el Rosario

Extracto de la conferencia de Fray Timothy Radcliffe, OP., Maestro de la Orden de Predicadores

 



Rezar el Rosario es justamente algo que realizo sin pensar en ello, como el respirar. Rezar el Rosario, como el respirar, es muy sencillo.


LA SENCILLEZ

Santo Tomás de Aquino decía que no podemos comprender a Dios, porque Dios es esencialmente sencillo. Su sencillez supera todas nuestras concepciones. Estudiamos, afrontamos problemas teológicos, ponemos a prueba nuestros espíritus, con el fin de acercar el misterio de quien es total sencillez. Debemos ir más allá de la complejidad para llegar a la sencillez.


Hay una falsa sencillez de la que nosotros hemos de deshacernos. Es la simplificación de los que siempre tienen fácil respuesta a todo, que saben todo de antemano. Son, o bien demasiado perezosos, o bien incapaces de pensar. Y ahí está la verdadera sencillez, la del corazón, la sencillez de las miradas claras. Ahí no podemos llegar sino lentamente, con la gracia de Dios, acercándonos a tientas a la deslumbrante sencillez de Dios. El Rosario es sencillo, en efecto, muy sencillo. Pero se trata de una sencillez sabia y profunda, a la cual aspiramos, y en la cual encontramos la paz.


Se dice que, llegando a viejo, San Juan Evangelista llegó a ser totalmente sencillo. Que le gustaba jugar con una paloma y todo lo que decía a quienes venían a verle era: "Amaos los unos los otros".

Ni tú ni yo nos sentiríamos satisfechos con esta respuesta. Nadie nos creería. Sólo alguien como San Juan, que escribió lo más rico y lo más complejo de los Evangelios, puede llegar a la verdadera sencillez de la sabiduría y no decir más que: "Amaos los unos a los otros". De la misma manera, sólo un Santo Tomás de Aquino, después de haber escrito su gran Suma Teológica, puede decir que todo lo que escribió es "como paja". Sí, el Rosario es muy sencillo. Quizás es una invitación a descubrir esta sencillez profunda de la verdadera sabiduría. Se decía del P. Lagrange, uno de los fundadores de los estudios bíblicos modernos, que hacía tres cosas cada día: estudiar la Biblia, leer el periódico y rezar el Rosario.


EL ÁNGEL PREDICADOR

El "Avemaría" comienza con las palabras del Ángel Gabriel: "Dios te salve, María, llena de gracia, el Señor está contigo". Los ángeles son predicadores profesionales. Es su mismo ser el que proclama la Buena Nueva. Las palabras de Gabriel son un perfecto sermón. Y breve. Proclama la esencia de toda predicación: "El Señor está contigo". Es ahí donde nosotros encontramos el corazón de nuestra vocación: decirnos unos a otros, "Ave, Daniel! ¡Ave, Eric!, el Señor está contigo".


Hay otro aspecto. El "Avemaría" es una especie de homilía. Una homilía no nos habla solamente de Dios. Nace de la Palabra que Dios nos dirige. La predicación no es únicamente la narración de acontecimientos vinculados a Dios. Nos da la Palabra de Dios, Palabra que rompe el silencio entre Dios y nosotros.

"Dios te salve, María, llena de gracia". El inicio de todo es la Palabra que escuchamos. San Juan escribía: "En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino que Él nos amó primero y envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados" (1 Jn.4,10).


Con frecuencia concebimos la oración como el esfuerzo hecho para hablar a Dios. La oración parece, a veces, una lucha por alcanzar a un dios distante. ¿Se trata solo de que nos oiga Él? Esta sencilla oración nos recuerda que no es así. No somos nosotros quienes rompemos el silencio. Cuando nosotros hablamos, es una respuesta a las palabras recibidas. Entramos en una conversación que no ha sido iniciada por nosotros. El ángel proclama la Palabra de Dios. Y esto crea un espacio en el que nosotros podemos hablar por turnos: "Santa María, Madre de Dios".


Nuestra vida sufre con frecuencia a causa del silencio. Está el silencio del cielo que parece, a veces, estar cerrado. Está el silencio que parece separarnos a los unos de los otros. Pero la Palabra de Dios llega a nosotros por la buena predicación y rompe las grandes barreras. Estamos liberados de nuestro mutismo, capaces otra vez de recibir la Palabra. Sentimos llegar la Palabra, las palabras destinadas a Dios y las palabras que nos dirigimos unos a otros.

Quizá podamos ir más lejos. El Maestro Eckhart dijo: "Nosotros no rezamos. Nosotros somos rezados". Nuestras propias palabras son la resonancia, la prolongación de la Palabra que nos ha sido dirigida. En nuestras oraciones es Dios quien reza en nosotros, bendice, glorifica en nosotros. Como escribía San Pablo, cuando gritamos: "Abba, Padre, el Espíritu en persona se une a nuestro espíritu para testimoniar que somos hijos de Dios..." Los saludos del ángel y de Isabel a María se continúan en las palabras que nosotros le dirigimos, la segunda mitad de la oración fue eco de la primera. El ángel dijo: "Dios te salve, María, llena de gracia"; en nuestros labios esto llega a ser el mismo saludo: "Santa María", dijo Isabel, "bendito el fruto de tu vientre", y nosotros decimos: "Madre de Dios". Nosotros somos alcanzados por la Palabra de Dios. Así en nuestra oración, es Dios quien habla en nosotros. Somos enrolados en el diálogo que es la vida de la Trinidad.


También quisiera mirar esta sencilla oración del "Avemaría", como una pequeña homilía modelo. Ella proclama la Buena Nueva. Y como todas las buenas homilías hace bien. No se contenta con darnos información. Ofrece una Palabra de Dios, una palabra que hace eco en nuestras propias palabras, una palabra que va más allá de nuestro silencio y nos da voz. 




El "Avemaría" contiene todas las características de una homilía perfecta y, además, breve. Y el Rosario en su conjunto está marcado por el tema del caminar, el nuestro y el de la comunidad:


UNA ORACIÓN PARA LA CASA Y UNA ORACIÓN PARA EL CAMINO

Otro aspecto, es que es una oración para la casa y una oración para el camino. Es una oración que construye una Comunidad y, al mismo tiempo, nos empuja al viaje.


Tenemos necesidad de nuestras comunidades. Tenemos necesidad de lugares donde estar entre nosotros, con nuestros hermanos y nuestras hermanas. Y al mismo tiempo no podemos asentarnos demasiado tiempo, sino que debemos lanzarnos a la predicación.


En los grandes cuadros de la Anunciación, en general nos presentan una escena doméstica. El ángel ha ido a casa de María. Ella está allí, en su habitación y, normalmente, leyendo. Con frecuencia se ve en el fondo una hiladora o una escoba contra la pared. Fuera, un jardín. Es aquí, en su casa, donde empieza la historia. Y es justo que así sea, ya que la Palabra de Dios construye su hogar entre nosotros. Dios viene a plantar su tienda entre nosotros.

Hasta cierto punto, el Rosario es con frecuencia la oración de la casa de María y de la comunidad. Tradicionalmente se rezaba cada día en las familias y en las comunidades. Desde la mitad del siglo XVI se crean las cofradías del Rosario que se reunían para rezar juntos. Por eso el Rosario está profundamente asociado a la comunidad, a la oración compartida.


Así pues, el saludo del ángel no deja a María estática en su casa. El ángel viene a perturbar su vida doméstica. Su vida se ve conturbada. Es empujada a un viaje que la llevará a casa de Isabel, a Belén, a Egipto, a Jerusalén. Este viaje la llevará hasta romper su corazón, al pie de la cruz. Este viaje la conducirá, finalmente, hasta el Cielo, a la gloria.

El Rosario es, pues, también la oración de los que viajan, de los peregrinos. Yo aprendí a amar el Rosario justamente como oración de mis viajes. Es una oración para los aeropuertos y los aviones. Es una oración que yo rezo con frecuencia cuando aterrizo en un lugar nuevo, cuando me pregunto qué encontraré allí y qué tengo yo que ofrecer. Es una oración para despegarse, dar gracias por todo lo que he recibido de los hermanos y de las hermanas.


Pienso que la estructura de este viaje marca el Rosario de dos maneras. Está presente en las palabras de cada "Avemaría". Está presente en el recorrido de los misterios del Rosario.


A.- DIOS TE SALVE, MARÍA


LA HISTORIA DEL INDIVIDUO

Cada "Avemaría" evoca el viaje individual que cada uno de nosotros debe hacer, del nacimiento a la muerte. Está marcado por el ritmo biológico de toda vida humana. Él señala los tres únicos momentos de nuestra vida de los cuales podemos estar absolutamente seguros: hemos nacido, vivimos ahora y moriremos un día. El comienzo, el principio de toda vida humana, la concepción en el seno maternal. El ahora nos sitúa en el momento en que nosotros pedimos a María sus oraciones. Tiene en cuenta la muerte, nuestra muerte. Es una oración increíblemente física. Está marcada por el inevitable drama corporal de todo ser humano que ha nacido y debe morir.

Somos seres físicos, corporales. Todo lo que somos viene de Dios. Recibimos en alimento el Sacramento del cuerpo y sangre de Jesús; esperamos la resurrección de los cuerpos. El viaje que cada uno de nosotros debe recorrer es, en primer lugar, físico, biológico, y Él nos guía desde el vientre de nuestra madre hasta la tumba. Es en este espacio temporal donde encontraremos a Dios y hallaremos la salvación. Es esta sencilla oración la que nos ayuda en el recorrido de este camino.


1.- La Concepción

Las palabras del ángel prometen fertilidad, la fertilidad a una virgen y a una mujer estéril. La bendición de Dios nos hace fecundos. Cada uno de nosotros, por su nacimiento individual, es el fruto de entrañas benditas. Yo creo que la bendición prometida por el ángel toma siempre la forma de fecundidad en toda vida humana. Es la bendición de nuevos comienzos, la gracia de la frescura. Quizá estamos hechos a imagen y semejanza de Dios para que compartamos la creatividad de Dios. Somos sus asociados en la creación y la recreación del mundo. El ejemplo más dramático y más milagroso es el nacimiento de un niño. Los hombres, que no pueden sin embargo vivir este milagro, son benditos por la fertilidad. Frente a la esterilidad, la aridez, la futilidad, Dios viene a ofrecer un mundo fértil. Cada vez que Dios se acerca a nosotros es para volvernos creativos, para transformarnos, para renovarnos, bien sea al labrar la tierra, al plantar y sembrar, o bien en el arte, la poesía, la pintura.


"Bendito el fruto de tu vientre". Tal vez la mejor manera de predicar el milagro de esta fertilidad sea el arte, la pintura, el canto, la poesía. Ahí están, pues, las modestas participaciones de esta bendición misma, de esta infinita fertilidad de Dios.


2. Ahora

El Rosario evoca también otro momento, no solamente del nacimiento, sino el momento presente. "Ruega por nosotros pecadores, ahora". Ahora es el instante presente en la peregrinación de nuestra vida, cuando debemos mantenernos, sobrevivir, proseguir nuestro camino hacia el Reino.


Es interesante recalcar ese instante presente, considerado como un momento en el que nosotros, pobres pecadores, necesitamos de compasión. El presente es un momento en el que necesitamos compasión, misericordia.

El presente es el tiempo en el cual debemos sobrevivir, ignorando cuánto tendremos que esperar el Reino.


3.- En la hora de nuestra muerte

El último momento de nuestra vida corporal del que estamos seguros, es la muerte. "Ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte". Ante la muerte, rezamos el Rosario. Es la oración que María hará por nosotros cuando estemos ante la muerte. No estaremos solos.


T.S. Elliot implora en uno de sus poemas: "Ruega por nosotros ahora y en la hora de nuestro nacimiento". Y tiene razón. Debemos afrontar estos tres momentos de nuestra vida: nacimiento, el presente y nuestra muerte. Pero en cada instante aspiramos a la misma cosa: un nuevo nacimiento. Esto a lo que aspiramos ahora, como pecadores, no es una piedad que se contentaría con olvidar lo que hemos hecho, sino la misericordia que hará de nuestras acciones también un momento de renacimiento, de un comienzo nuevo. Y frente a la muerte, desearemos, de nuevo, que las palabras del ángel vengan a anunciarnos una nueva fertilidad ya que toda nuestra vida está abierta a la infinita novedad de Dios, a su inagotable frescor. El ángel va y viene con nuevas anunciaciones de la Buena Nueva.


B.- LOS MISTERIOS DEL ROSARIO


La historia de la Salvación

El Avemaría individual es, pues, la oración del viaje que cada uno de nosotros debe recorrer, del nacimiento a la muerte pasando por el momento presente, ya que, a fin de cuentas, nuestra vida tiene sentido en sí misma, individualmente. Pero también es verdad que nuestra vida no tiene sentido total si no es incluida en una historia más amplia que se extienda de todo principio hasta el fin desconocido, de la Creación al Reino. Y esta amplitud viene dada por los misterios del Rosario que cuentan la historia de la Redención.


Se han comparado los misterios del Rosario a la Suma Teológica de Santo Tomás. Cuentan, a su manera, cómo todo viene de Dios y todo vuelve a Dios ya que cada misterio del Rosario forma parte de un único misterio, el de nuestra Redención. "Llevar nuevamente todas las cosas bajo un solo Señor, el Cristo, tanto los seres terrestres como los celestes"(Ef.1,10).


Se podría decir que cada "Avemaría" representa una vida individual, con su historia entera de la vida a la muerte. Pero todas estas "Avemarías" están ensartadas en una historia más amplia, la de la Redención. Tenemos necesidad de dos dimensiones, una historia a dos niveles. Necesito dar forma y sentido a mi vida, a la historia de mi carne y de mi sangre, con mis fracasos y mis éxitos. Si no hay lugar para mi historia individual, me perderé en la historia de la humanidad ya que Cristo me dijo: "Hoy estarás conmigo en el paraíso". Tengo necesidad de este Avemaría individual, mi pequeño drama personal, para hacer frente a mi pequeña muerte personal. Mi muerte no significa, quizá, gran cosa para la humanidad, pero para mí será más bien importante.

Sin embargo no basta con mantenerse a este nivel personal. Debo ver mi vida insertándose en el drama más amplio del designio de Dios, mi historia no tiene sentido cerrada sobre si misma. Mi Avemaría individual debe encontrar lugar en los misterios del Rosario. Así el Rosario propone el perfecto equilibrio del que necesitamos para la búsqueda del sentido de nuestra vida, a la vez sobre el plan individual y sobre el plan colectivo.


C.- LA REPETICIÓN


Al rezar el Rosario raramente se piensa en lo que es. En realidad no pensamos en la naturaleza de la predicación, o en la historia humana y su nexo con la historia de la salvación. Hacemos un gran vacío en nuestro espíritu. Nos sucederá, incluso, a veces, que nos preguntemos por qué, pues, repetimos sin cesar las mismas palabras sin pensar en ellas.

Numerosas religiones llevan la marca de esta tradición de la repetición de palabras sagradas. La constante repetición de las mismas palabras puede realizar en nuestro corazón una lenta, pero profunda transformación.

Se podría subrayar que esta repetición no es necesariamente el signo de una falta de imaginación. Un puro placer, un placer exuberante, puede hacernos repetir las palabras. Cuando amamos, sabemos bien que nunca basta con decir una sola vez "te amo". Queremos decirlo una y otra vez, esperando, también, que la otra persona deseará oírlo una y otra vez.


C.K. Chesterton explicaba que la repetición es una característica de la vitalidad de los niños que les gusta que se les cuenten las mismas historias, con las mismas palabras, una y otra vez, y esto no por falta de imaginación o aburrimiento, sino por la alegría de vivir. Escribía Chesterton: "Porque los niños desbordan de vitalidad, es por lo que son espontáneos y libres de espíritu, por lo que quieren que las cosas se repitan y no cambien. Piden siempre el "otra vez" y la persona mayor vuelve a comenzar una y otra vez, hasta el final del agotamiento ya que las personas mayores no son lo suficientemente fuertes como para alegrarse en la monotonía. Tal vez Dios sea suficientemente fuerte para alegrarse en la monotonía. Tal vez, Él diga todas las mañana al sol: "Ve otra vez" y todas las tardes a la luna: "Ve otra vez". No es forzosamente una absoluta necesidad el que todas las margaritas sean semejantes; quizá Dios cree cada margarita por separado, pero no se cansa nunca de hacerlas así.

Quizá Dios tenga un eterno apetito de infancia ya que si nosotros hemos pecado y hemos crecido, nuestro Padre es más joven que nosotros. La repetición en la naturaleza no es tal vez una simple repetición, sino, como ocurre en el teatro, "un viento donde el cielo llamaría al pájaro que ha puesto".


Es verdad que rezando el Rosario no se piensa siempre en Dios: Se puede continuar durante horas sin el menor pensamiento. Pero uno está sencillamente ahí y dice sus oraciones. Y esto también puede ser bueno. Cuando recitamos el Rosario, celebramos que el Señor está verdaderamente con nosotros. Estamos en su presencia. Repetimos las palabras del ángel: "El Señor está contigo". Es una oración de la presencia de Dios. Y si estamos en grupo, tenemos que pensar en los otros. Como escribió Fr. Simon Tugwell, OP.: "Yo no pienso en mi amigo cuando está a mi lado; estoy muy bien junto a él disfrutando de su presencia. Cuando está ausente es cuando yo empiezo a pensar en él. El hecho de pensar en Dios nos empuja muy cómodamente a tratarlo como si Él estuviera ausente. Sin embargo Él no está ausente".

No tratemos, pues, de pensar en Dios mientras rezamos el Rosario. Al contrario, saboreemos las palabras del ángel dirigidas a cada uno de nosotros: "El Señor está contigo". Nosotros repetimos continuamente las mismas palabras con la exuberancia vital e inagotable de los hijos de Dios que se alegran de la Buena Nueva.



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Delegación para la Comunicación Social de la Diócesis de Morón

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OFICINA DE PRENSA DEL OBISPADO DE MORÓN

Sr. Fabián Parodi.

De lunes a viernes de 9 a 12 horas.

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