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17 de febrero de 2010 – Miércoles de Ceniza
MENSAJE DEL
SANTO PADRE BENEDICTO XVI
PARA LA CUARESMA 2010

« La justicia de Dios se ha manifestado
por la fe en Jesucristo » (cf. Rm 3,21-22)
Queridos hermanos y hermanas:
Cada año, con ocasión de la Cuaresma, la Iglesia nos invita a una sincera
revisión de nuestra vida a la luz de las enseñanzas evangélicas.
Este año quiero proponeros algunas reflexiones sobre el vasto tema de la
justicia, partiendo de la afirmación paulina: «La justicia de Dios se ha
manifestado por la fe en Jesucristo» (cf. Rm 3,21-22).
Justicia: “dare cuique suum”
Me detengo, en primer lugar,
en el significado de la palabra “justicia”, que en el lenguaje común
implica “dar a cada uno lo suyo” - “dare cuique suum”, según la
famosa expresión de Ulpiano, un jurista romano del siglo III. Sin embargo, esta
clásica definición no aclara en realidad en qué consiste “lo suyo” que
hay que asegurar a cada uno. Aquello de lo que el hombre tiene más necesidad
no se le puede garantizar por ley. Para gozar de una existencia en plenitud,
necesita algo más íntimo que se le puede conceder sólo gratuitamente:
podríamos decir que el hombre vive del amor que sólo Dios, que lo ha
creado a su imagen y semejanza, puede comunicarle. Los bienes materiales
ciertamente son útiles y necesarios (es más, Jesús mismo se preocupó de curar
a los enfermos, de dar de comer a la multitud que lo seguía y sin duda
condena la indiferencia que también hoy provoca la muerte de centenares de
millones de seres humanos por falta de alimentos, de agua y de medicinas),
pero la justicia “distributiva” no proporciona al ser humano todo “lo suyo”
que le corresponde. Este, además del pan y más que el pan, necesita a Dios.
Observa san Agustín: si “la justicia es la virtud que distribuye a cada
uno lo suyo... no es justicia humana la que aparta al hombre del verdadero
Dios” (De Civitate Dei, XIX, 21).

¿De
dónde viene la injusticia?
El evangelista Marcos refiere
las siguientes palabras de Jesús, que se sitúan en el debate de aquel tiempo
sobre lo que es puro y lo que es impuro: “Nada hay fuera del hombre que,
entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo
que contamina al hombre... Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al
hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones
malas” (Mc 7,15. 20-21).
Más allá de la cuestión inmediata relativa a los alimentos, podemos ver en la
reacción de los fariseos una tentación permanente del hombre: la de
identificar el origen del mal en una causa exterior. Muchas de las ideologías
modernas tienen, si nos fijamos bien, este presupuesto: dado que la
injusticia viene “de fuera”, para que reine la justicia es suficiente con
eliminar las causas exteriores que impiden su puesta en práctica. Esta manera
de pensar ―advierte Jesús― es ingenua y miope. La injusticia,
fruto del mal, no tiene raíces exclusivamente externas; tiene su origen en el
corazón humano, donde se encuentra el germen de una misteriosa convivencia
con el mal. Lo reconoce amargamente el salmista: “Mira, en la culpa nací,
pecador me concibió mi madre” (Sal 51,7). Sí, el hombre es frágil
a causa de un impulso profundo, que lo mortifica en la capacidad de entrar en
comunión con el prójimo. Abierto por naturaleza al libre flujo del compartir,
siente dentro de sí una extraña fuerza de gravedad que lo lleva a replegarse
en sí mismo, a imponerse por encima de los demás y contra ellos: es el
egoísmo, consecuencia de la culpa original. Adán y Eva, seducidos por la
mentira de Satanás, aferrando el misterioso fruto en contra del mandamiento
divino, sustituyeron la lógica del confiar en el Amor por la de la sospecha y
la competición; la lógica del recibir, del esperar confiado los dones del
Otro, por la lógica ansiosa del aferrar y del actuar por su cuenta (cf. Gn
3,1-6), experimentando como resultado un sentimiento de inquietud y de
incertidumbre. ¿Cómo puede el hombre librarse de este impulso egoísta y
abrirse al amor?
Justicia
y Sedaqad
En el corazón de la sabiduría
de Israel encontramos un vínculo profundo entre la fe en el Dios que “levanta
del polvo al desvalido” (Sal 113,7) y la justicia para con el
prójimo. Lo expresa bien la misma palabra que en hebreo indica la virtud de
la justicia: sedaqad,. En efecto, sedaqad significa, por una
parte, aceptación plena de la voluntad del Dios de Israel; por otra, equidad
con el prójimo (cf. Ex 20,12-17), en especial con el pobre, el
forastero, el huérfano y la viuda (cf. Dt 10,18-19). Pero los dos
significados están relacionados, porque dar al pobre, para el israelita, no
es otra cosa que dar a Dios, que se ha apiadado de la miseria de su pueblo,
lo que le debe. No es casualidad que el don de las tablas de la Ley a Moisés,
en el monte Sinaí, suceda después del paso del Mar Rojo. Es decir, escuchar
la Ley presupone la fe en el Dios que ha sido el primero en “escuchar el
clamor” de su pueblo y “ha bajado para librarle de la mano de los egipcios”
(cf. Ex 3,8). Dios está atento al grito del desdichado y como
respuesta pide que se le escuche: pide justicia con el pobre (cf. Si 4,4-5.8-9),
el forastero (cf. Ex 20,22), el esclavo (cf. Dt 15,12-18). Por
lo tanto, para entrar en la justicia es necesario salir de esa ilusión de
autosuficiencia, del profundo estado de cerrazón, que es el origen de nuestra
injusticia. En otras palabras, es necesario un “éxodo” más profundo que el
que Dios obró con Moisés, una liberación del corazón, que la palabra de la
Ley, por sí sola, no tiene el poder de realizar. ¿Existe, pues, esperanza de
justicia para el hombre?
Cristo,
justicia de Dios
El anuncio cristiano responde
positivamente a la sed de justicia del hombre, como afirma el Apóstol Pablo
en la Carta a los Romanos: “Ahora, independientemente de la ley, la
justicia de Dios se ha manifestado... por la fe en Jesucristo, para todos los
que creen, pues no hay diferencia alguna; todos pecaron y están privados de
la gloria de Dios, y son justificados por el don de su gracia, en virtud de
la redención realizada en Cristo Jesús, a quien exhibió Dios como instrumento
de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su
justicia” (Rm 3,21-25).
¿Cuál es, pues, la justicia de
Cristo? Es, ante todo, la justicia que viene de la gracia, donde no es el
hombre que repara, se cura a sí mismo y a los demás. El hecho de que la
“propiciación” tenga lugar en la “sangre” de Jesús significa que no son los
sacrificios del hombre los que le libran del peso de las culpas, sino el
gesto del amor de Dios que se abre hasta el extremo, hasta aceptar en sí
mismo la “maldición” que corresponde al hombre, a fin de transmitirle en
cambio la “bendición” que corresponde a Dios (cf. Ga 3,13-14). Pero
esto suscita en seguida una objeción: ¿qué justicia existe dónde el justo
muere en lugar del culpable y el culpable recibe en cambio la bendición que
corresponde al justo?
Cada uno no recibe de este modo lo contrario de “lo suyo”? En realidad, aquí
se manifiesta la justicia divina, profundamente distinta de la humana. Dios
ha pagado por nosotros en su Hijo el precio del rescate, un precio
verdaderamente exorbitante. Frente a la justicia de la Cruz, el hombre se
puede rebelar, porque pone de manifiesto que el hombre no es un ser
autárquico, sino que necesita de Otro para ser plenamente él mismo. Convertirse
a Cristo, creer en el Evangelio, significa precisamente esto: salir de la
ilusión de la autosuficiencia para descubrir y aceptar la propia indigencia,
indigencia de los demás y de Dios, exigencia de su perdón y de su amistad.
Se entiende, entonces, como
la fe no es un hecho natural, cómodo, obvio: hace falta humildad para aceptar
tener necesidad de Otro que me libere de lo “mío”, para darme gratuitamente
lo “suyo”. Esto sucede especialmente
en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Gracias a la acción
de Cristo, nosotros podemos entrar en la justicia “más grande”, que es la del
amor (cf. Rm 13,8-10), la justicia de quien en cualquier caso se
siente siempre más deudor que acreedor, porque ha recibido más de lo que
podía esperar.
Precisamente por la fuerza de
esta experiencia, el cristiano se ve impulsado a contribuir a la formación de
sociedades justas, donde todos reciban lo necesario para vivir según su
propia dignidad de hombres y donde la justicia sea vivificada por el amor.
Queridos hermanos y hermanas,
la Cuaresma culmina en el Triduo Pascual, en el que este año volveremos a
celebrar la justicia divina, que es plenitud de caridad, de don y de
salvación. Que este tiempo penitencial sea para todos los cristianos un
tiempo de auténtica conversión y de intenso conocimiento del misterio de
Cristo, que vino para cumplir toda justicia. Con estos sentimientos, os
imparto a todos de corazón la bendición apostólica.
Vaticano, 30 de octubre de
2009
BENEDICTUS PP. XVI

Artículo de reflexión
El Gobierno de
Benedicto
Un texto de José Luis Restán, gentileza del R.P. Ostojic, que
da una semblanza breve y excelente del Papa Benedicto XVI.
La noticia puede pasar inadvertida. El gran cardenal Vlk, testigo
de la fe durante la represión de la Primavera de Praga, deja su puesto en la
colina de San Vito. Le sustituye Dominik Duka, un dominico que también sufrió
arresto y hubo de trabajar en la fábrica de Skoda mientras enseñaba teología
en la clandestinidad. Elegir un pastor para Praga no ha sido un desvelo menor
para el Papa, pero es sólo uno entre tantos. La pasada semana fue de infarto:La
amargura en torno al caso Boffo, celebración de la Jornada del enfermo, una
vibrante lección (sin papeles) a los seminaristas de Roma, y el domingo
visita al albergue de Cáritas en la estación Termini. Las cámaras, tan
celosas, han captado una lágrima que se escurre de los ojos del Papa mientras
escucha la bienvenida de una mujer sin techo: "querido Santo Padre,
que Dios le dé la fuerza de permanecer sereno, fuerte y lleno de esperanza,
como lo estamos nosotros".
Con razón Benedicto XVI pudo decir, con esa precisión llena de dulzura que
ese albergue "es un lugar donde el amor no es sólo una palabra o un
sentimiento, sino una realidad concreta, que permite hacer entrar la luz de
Dios en la vida de los hombres y de toda la comunidad civil". El
Papa volvió contento a casa, cierto de que la Iglesia tiene dos grandes
tesoros: el de sus pobres (radicalmente abiertos a la gracia de Cristo) y el
de la fe confiada por los apóstoles y aquilatada en obras y palabras por los
santos y los maestros de todos los siglos. Se recoge temprano, pero no para
el legítimo solaz del domingo. Le espera una dura tarea, ya que el lunes
recibe a todos los obispos de Irlanda. Una ojeada a los últimos informes
sobre la crisis provocada por los casos de abusos sexuales en la Isla de San
Patricio, un vistazo al discurso que ha preparado, quizás las últimas
correcciones en el margen con su letra menuda, pluma en mano. La luz de Roma
se esfuma mientras el Papa recuerda: “Yo no puedo con todo esto, pero no
estoy solo, me sostiene la fuerza del Resucitado que envía a Pedro, y de
María Santísima que siempre está de nuestra parte, y me acompaña la plegaria
de los sencillos, como esa mujer que en el albergue de Cáritas se ha hecho eco
del sentir del pueblo cristiano”.
¡Ah! Pero son tantas cosas. La Curia, que dicen desgobernada, como si él no
conociera sus últimos recovecos. Ya prepara nombramientos cruciales, pero
sabe que la Iglesia no se gobierna con ucases sino con el testimonio, el
discernimiento y la comunión. Palabras que para él tienen un espesor
grandioso, pero que son cristalinas y frescas en su mirada. Dicen que no
gobierna, que no decide.... Él, que decidió contra viento y marea la remisión
de las excomuniones a los obispos lefebvrianos para favorecer la plena
inserción de sus fieles en la Católica, que ha dispuesto una estancia
acogedora para los anglicanos que buscan el retorno, que lanzó la potentísima
lección de Ratisbona, que se empeñó en el trascendental viaje a Tierra Santa
cuando los más cercanos colaboradores le susurraban: "Santidad, no
vaya". Él, que escribió por vez primera a los católicos de China, que
acerca a ojos vista a la gran Madre Rusia, que señala la hora de África en el
reloj de la Iglesia, que recordó en Aparecida la necesidad de un nuevo inicio
para el catolicismo latinoamericano. Él, Benedicto, que acaba de dar un golpe
de timón en la áspera Bélgica y se dispone a un duro viaje en las tierras
neblinosas de Inglaterra y Escocia. Él, que ama a los judíos con razón y
corazón, que se dejó pero que no acepta condicionantes ni chantajes.
Aun antes de cerrar los ojos, tiempo para corregir las últimas comas del
segundo volumen del Jesús de Nazaret, ese hombre que es el rostro del Logos,
la carne de la caritas, la forma humana del misterio que llamó a Abraham y al
que siguió Moisés por el desierto. Ese Jesús que le llamó "amigo"
una mañana luminosa en la catedral de Freising, cuando sólo Él sabía que
aquel joven rubio de rostro tímido y dulce debía prepararse para la dura
brega de Pedro en las noches del mundo, cuando parece que el tiempo
transcurre sin que hayamos sacado nada. Ese Jesús al que ha seguido como un
sencillo y humilde trabajador en la viña, pero que ha querido auparlo al
centro que concita todos los vientos y las tormentas de la historia. Apenas
tiempo para las Completas, recitadas entre el dulce recuerdo del albergue de
la estación Termini y la tensa espera de la dura labor de corregir y
amonestar, de recordar la miseria que anida en el cuerpo humano de la
Iglesia. Alegrías y tristezas, todo para lo mismo, todo es parte del sí que
repitió pronto hará cinco años. Pasó el tiempo de suplicar "no me hagas
esto". Ahora sólo queda construir, suscitar, enseñar, corregir, sufrir
con este cuerpo (con sus pobres, también con sus traidores) porque el Dueño
lo ama en cada tendón y en cada víscera. La noche es corta para un hombre ya
anciano. Santidad, descanse ahora, pero lleve consigo nuestra esperanza, sea
fuerte cada día, con la fuerza de Aquél cuya omnipotencia es el amor total.

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