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Escuchar la palabra de Dios que vibra en nuestro ser


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Apuntes de Mons. Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo emérito de Resistencia, para la homilía del domingo 18 julio 2010 «16º “C”, (Lc 10,38-42)»

 

I. “A los pies del Señor escuchaba sus palabras”

1. San Lucas, inmediatamente después de la parábola del Buen Samaritano (Lc 10,29-37), leída el domingo pasado, ubica la escena de Jesús hospedado en casa de Marta. Como habría sido lógico esperar, Jesús debería haber apoyado su reclamo de que su hermana María colaborase en la atención del Señor y los Apóstoles, a los que hay que dar de comer: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo. Dile que me ayude” (Lc 10,40). Pero Jesús pondera la actitud de María, “que sentada a los pies del Señor escuchaba su palabra” (v. 39). Y le dice: “Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y sin embargo pocas son necesarias, o más bien, una sola es necesaria. María eligió la mejor parte, que no le será quitada” (vv. 41-42).

 

2. Una constante del Evangelio de San Lucas es que lo más importante, que decide el resto de la vida, es la palabra de Dios escuchada con el corazón. Lo hace con frecuencia. Por ejemplo, cuando el evangelista pondera la actitud de la Virgen María, ante el nacimiento de su hijo: “María conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón” (Lc 2,19). O mientras lo contempla crecer en Nazaret (v.51). Lo mismo, cuando una mujer expresa su emoción ante Jesús: “Feliz el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron”. Y él le responde: “Felices más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la practican” (Lc 11,27-28). Más profundos que los lazos de la sangre, son los lazos del espíritu que brotan de la escucha de la Palabra: “Mi madre y mis hermanos son los escuchan la Palabra de Dios y la practican” (Lc 8,21). No es causal, por tanto, que Jesús pondere la actitud de María, sentada a sus pies, la cual se convierte en prototipo de todo auténtico discípulo.

 

3. Escuchar la palabra de Dios con el corazón es fundamental para el hombre, pues de otro modo no sabría obrar bien. Por no escuchar la voz de Dios, el primer Adán se equivocó fiero. Y después, todos los hombres cuando no escuchamos su Palabra. Lo cual nos acarrea grave daño a nosotros y a la sociedad en que vivimos.

 

II. La Palabra de Dios se hace escuchar por la voz de la conciencia

4. ¿Dónde y cuándo escuchar la Palabra de Dios? Los que no tenemos el privilegio de María de sentarnos a los pies de Jesús, no por ello somos desdichados. Al contrario. La Palabra de Dios se hace escuchar de muchas maneras, incluso permanentemente, también de parte de los que no conocen a Cristo. La única condición es tener el oído del corazón abierto. Como dice hermosamente el Deuteronomio: “La palabra está muy cerca de ti, en tu boca y en tu corazón, para que la practiques” (Deut. 30,14). Ella se hace escuchar, por cierto, en la lectura litúrgica de la Santa Escritura. Pero con mucha frecuencia fuera de la Liturgia. En las cosas de cada día consideradas con el sentido común, en la contemplación de la naturaleza, en el sagrario de la propia conciencia. Conviene asomarnos, por un momento, a este misterioso sentido, con el cual captamos la voz de Dios. “En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla. Es la conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo. La fidelidad a esta conciencia une a los cristianos con los demás hombres para buscar la verdad y resolver con acierto los numerosos problemas morales que se presentan al individuo y a la sociedad. Cuanto mayor es el predominio de la recta conciencia, tanto mayor seguridad tienen las personas y las sociedades para apartarse del ciego capricho y para someterse a las normas objetivas de la moralidad. No rara vez, sin embargo, ocurre que yerra la conciencia por ignorancia invencible, sin que ello suponga la pérdida de su dignidad. Cosa que no puede afirmarse cuando el hombre se despreocupa de buscar la verdad y el bien y la conciencia se va progresivamente entenebreciendo por el hábito del pecado” (GS 16).

 

III. La Palabra de Dios se hace escuchar en el ser sexuado de cada uno

5. Pero no sólo la conciencia. Todo nuestro ser capta la voz de Dios. Sin él nos sería imposible escucharla. Es una antena maravillosa compuesta por potencias espirituales: inteligencia, voluntad, sentimientos, que animan un cuerpo, con un sexo determinado, de varón o de mujer. Gracias a todo ello, a la vez que nos reconocemos como miembros de la misma estirpe humana, cuyos miembros somos iguales en dignidad, nos descubrimos como distintos, sin que esto comporte distancia, y, al contrario, nos impulsa a encontrarnos y reconocernos como seres recíprocos y complementarios, para respetarnos, amarnos, servirnos y trasmitir la vida. El relato bíblico de la creación de la mujer, expresa poéticamente la experiencia humana fundamental del encuentro de dos seres humanos, iguales en dignidad y distintos en su concreción sexual. Al ver a Eva: “El hombre exclamó: ‘¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Se llamará Mujer, porque ha sido sacada del hombre”. Y el autor bíblico comenta: “Por eso el hombre deja a su padre y a su madre y se une a su mujer, y los dos llegan a ser una sola carne” (Gen 2,23-24).

 

IV. El matrimonio no lo fundó el derecho romano

6. En un diario que el martes pasado repartieron gratis en el avión, leí: “Cristina buscó desmentir que el matrimonio sea un invento de la Iglesia, sino del derecho romano, que les recuerdo eran paganos y persiguieron a los cristianos”. Hizo muy bien la Presidenta en decir que no es un invento de la Iglesia. Nunca se le hubiese ocurrido. Pero, con todo respeto, me permito decirle que se equivoca gravemente en decir que el matrimonio sea un invento del derecho romano. Este derecho lo que hizo es crear salvaguardas jurídicas para un hecho natural preexistente. El derecho natural a unirse en matrimonio entre varón y mujer es previo a toda religión revelada y a toda jurisprudencia. Es uno de los derechos humanos fundamentales, que no los otorga ninguna autoridad, sino la misma naturaleza humana. Y la defensa de estos es la finalidad de la autoridad. Lamentablemente este gobierno, que de la defensa de los derechos humanos ha hecho su bandera, ha sido incapaz de percibir que la ley de matrimonio civil entre personas homosexuales atropella inútilmente este derecho fundamental. Lo ha hecho con el pretexto de defender el derecho de la minoría homosexual, de no discriminarla, y de promover la igualdad ante la ley. Muy bien podría hacerlo con una ley adecuada a tal efecto, como todas las demás leyes que defienden los derechos de las minorías. ¿Acaso no se defienden con leyes especiales los derechos de los niños que, aun siendo numerosos, son una minoría? ¿Y no se defienden los derechos de las mujeres, que, aunque sean la mitad de la humanidad, son una minoría con respecto a la totalidad? ¿Acaso es discriminar que a los niños no les reconozcamos ciertos derechos propios de los adultos, y viceversa? (14/07).

V. Escuchar la voz de Dios después de la derrota del sentido común en el Senado


7. Se ha dicho, torpemente, que la discusión en el Senado era entre Néstor Kirchner y el Cardenal Bergoglio. Los que tal cosa dicen no conocen la habitual moderación de este último, y especialmente en esta cuestión. Lo que ha sucedido es, más bien, la derrota del sentido común por la torpeza de los hombres. Ya fue penoso que al Senado hubiese llegado un proyecto de ley sobre el matrimonio entre homosexuales en vez de un proyecto sobre la defensa de los derechos de los mismos, sin ofender los derechos exclusivos del matrimonio que, por naturaleza, sólo existe entre el varón y la mujer. Y esto, previo a todo derecho positivo y a todo dogma religioso. Las cosas que son por naturaleza, son como son. Por eso las llamamos con una determinada palabra para diferenciarlas de otras que tienen otra natura específica. Aplicar una palabra que es propia de un ser a otro que no le corresponde, y reconocerle a éste derechos que no le corresponden y que son propios del primero, es un avasallamiento a los derechos humanos de éste. Y, por concomitancia, a los derechos humanos de todos, pues todos formamos una sola familia humana. De esta manera no se promueve la concordia social.

 

8. A raíz de lo ocurrido en el Senado, deseo compartir algunos interrogantes:

1ª) Fragmentación cultural: ¿Tenemos conciencia los católicos argentinos de la transformación cultural del mundo en que vivimos? En él ya no existe un lenguaje básico común. En 1948, después de la hecatombe de la segunda guerra mundial provocada por el nazismo, las naciones fueron capaces todavía de firmar la Declaración Universal de los Derechos del Hombre. Hoy sería imposible. La humanidad pareciera marchar cada vez más hacia la fragmentación. A primera vista, hacia una división en dos mitades, casi iguales e irreconciliables, como lo muestran, por ejemplo, los dos grandes partidos de EE. UU. o de España, que se reparten el electorado y tienden a alternarse en el gobierno. Pero la impresión es engañosa. Porque no son mitades homogéneas; por ejemplo, que una defienda principios de acuerdo a una misma tabla de valores, y que la otra, defienda otros principios de acuerdo a una tabla distinta. Cada mitad está compuesta por elementos aluvionales. De modo que en cada una encontramos elementos propios que son contrarios a la otra, pero a la vez hallamos elementos comunes. Por lo mismo, en una elección o votación, ubicarse en una mitad o en otra no es tarea simple, ni definitiva. Y debe ser fruto, vez por vez, de un difícil discernimiento de cada ciudadano.

 

2º) Endebles del catolicismo argentino: Durante el debate en el Senado, fueron varios los senadores que se profesaron “católicos, apostólicos, romanos”, o aludieron a su formación religiosa, que se pronunciaron totalmente en contra del magisterio de la Iglesia, sin atisbo alguno de haberse interesado por conocerlo en serio. (Olvidemos, o mejor, perdonemos de corazón al senador Picchetto que mencionó a los Obispos y a la “Iglesia vaticana” con notable desprecio). El hecho es expresión de una realidad mucho más vasta. ¿Qué hacer ante el mismo? ¿Declarar solemnemente que no son católicos? ¿Tendría sentido? ¿No es, más bien, un desafío a revisar nuestra tarea evangelizadora, en especial la catequesis  y la predicación que impartimos, incluyendo la formación que para ello imparten los Seminarios? ¿No es también una invitación a hacer una revisión de la piedad popular y de la consecuente pastoral popular? ¿Ésta última considera siempre a la primera como un punto de partida, o se conforma con poco y la considera como un punto de llegada?

 

3º) El cristiano como ciudadano: El desarrollo de los medios de comunicación, que son capaces de condicionar la mente humana, en algunos casos  tanto o más que los regímenes totalitarios, están exigiendo que el cristiano, además de ser miembro activo de la Iglesia, crezca como ciudadano responsable de la patria terrena. Es cada vez más actual la exhortación de Pablo VI a los fieles laicos: “Los seglares deben asumir como propia la renovación del orden temporal; si la función de la jerarquía es la de enseñar e interpretar auténticamente los principios morales que hay que seguir en este campo, pertenece a ellos, mediante sus iniciativas, y sin esperar pasivamente consignas y directrices, penetrar del espíritu cristiano la mentalidad , las costumbres, las leyes y las estructuras de su comunidad de vida” (Populorum progressio 81). Sería conveniente que cada institución laical hiciese una revisión de vida de cómo se ha comportado en esta circunstancia de la ley del matrimonio homosexual. Aprovecho la ocasión para felicitar a muchos de nuestros hermanos evangélicos que han mostrado una notable conciencia de ser ciudadanos responsables.

 

4º) Dónde ha de apoyarse la Iglesia: En un mundo cada vez más fragmentado, y con un catolicismo harto endeble, ¿en quién ha de apoyarse la Iglesia? La única respuesta posible es: Sólo en Dios, creyendo más firmemente en él y amándolo de veras, y amando de corazón a un mundo cada vez más hostil a ella.

Desde 1946, cuando se trató de elegir entre los candidatos de la Unión Democrática y el flamante Justicialismo, los clérigos en gran medida, incluidos muchos Obispos, hicieron

un guiño a favor de este último. En aquel entonces se decía “Hay que subirse al tren del Justicialismo”. A pesar de los avatares de 1955, la mayoría del clero siguió en la misma tesitura. En la década del 70, en algunos círculos clericales, se llegó a formular el absurdo enunciado “Hoy el Reino de Dios pasa por el Pe Jota”. Cuanto haya pesado este guiño clerical, no lo sé. Pero ¿no es tiempo de que cada clérigo, al momento de las elecciones, haga, como ciudadano, su personal opción partidaria, sin confundirla con una supuesta opción de la Iglesia, ni pretenda prender a ella a los fieles? ¿Y que éstos aprendan a hacer, vez por vez, su propia elección en medio de la maraña de circunstancias en que se han de mover?

No podemos olvidar que “católico” y “partido” son nociones de diferentes órdenes. “Católico”, semánticamente habla de totalidad (“katá hólon”) y universalidad, y es una nota propia de de la Iglesia, pueblo de Dios, que por su naturaleza tiende a incluir a todos los hombres, santos y pecadores. “Partido”, en cambio, habla de opción política concreta, que, si bien puede componerse con otra proveniente de otro partido, tiende casi naturalmente a excluirla. 

 

5º) Redescubrir el Evangelio más profundamente: Aunque está implícitamente dicho en lo anterior, vale la pena remarcarlo: la Iglesia, en esta hora, a través de muchos sufrimientos, externos e internos, está llamada por Dios a un redescubrimiento más profundo del Evangelio de Jesucristo. Y ello, tanto en la vivencia personal, cuanto en la vivencia de la comunidad eclesial. Sólo así la Iglesia puede emprender la Nueva Evangelización. Ser discípulo de Cristo y misionero van juntos. Nos equivocaríamos los católicos si pensásemos que ya somos discípulos, y que sólo nos falta ser más misioneros. Estamos en el abc del Evangelio. Y toda la vida es un caminar en pos de Cristo hasta llegar a ser sus discípulos.

Si somos sinceros, hemos de confesar que hemos desaprovechado, en gran medida, la gracia excepcional que fue el Concilio Vaticano II, como se vio en la gran crisis sacerdotal y de la vida religiosa que sucedió inmediatamente al mismo. Sería penoso que esta hora de la Iglesia, en el mundo y en la Argentina, pasase sin que supiésemos escuchar la voz de Dios que nos llama a una renovación profunda, personal y comunitaria, conforme al Evangelio de Jesús. (R 15/07).

 

 

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